Comer en Santiago es una de las razones para venir, y lo que la hace distinta es el Pacífico. Chile tiene una costa larguísima y fría, y de ahí salen mariscos que en Argentina directamente no existen o son rarísimos: machas, locos, erizos, picorocos, congrio. Eso solo ya justifica reordenar el itinerario alrededor de un par de comidas.
Los platos de casa que hay que probar. El pastel de choclo, que es choclo molido gratinado sobre carne, cebolla, huevo y aceituna, y que en verano está en todas las cartas. La empanada de pino, que es la empanada nacional: horneada, grande, con carne picada a cuchillo, cebolla, huevo duro y aceituna. La cazuela, un caldo con presa, zapallo y choclo. Y el curanto, que es del sur pero se consigue acá: mariscos, carnes y papas cocidos juntos, originalmente bajo tierra sobre piedras calientes.
Y la comida de calle, que es un capítulo aparte. El completo es el pancho chileno y no se parece al nuestro: va con palta, tomate picado y una cantidad de mayonesa que la primera vez impresiona. El chacarero es un sándwich de churrasco con porotos verdes, tomate y ají. Y el terremoto —vino pipeño con helado de piña— es más una experiencia que un trago, y se toma en las picadas del centro y de Bellavista.
Sobre el Mercado Central, la verdad completa. Es el lugar que aparece en todas las guías y es el caso clásico del sitio que vive de su fama. El edificio de hierro es precioso y vale la visita. Pero los restaurantes del centro del salón trabajan casi exclusivamente para el turista, con captadores en la puerta, precios sensiblemente más altos y calidad despareja. Si querés ir, la regla que usan los propios santiaguinos es comer en los locales chicos del perímetro y no en los del medio, y hacerlo al mediodía.
El mercado donde come la ciudad es otro y está enfrente. La Vega Central, cruzando el río, es enorme, caótica y sin ninguna concesión al turismo. Ahí están las cocinerías donde almuerzan los trabajadores, con menú del día, porciones generosas y precios reales. Es menos cómoda y bastante más auténtica. Andá temprano y de día.
Dónde está la escena de restaurantes. Lastarria y Bellas Artes concentran la mayor densidad de cocina interesante en la zona más caminable del centro. Barrio Italia es el que más creció en los últimos años, con casonas recicladas que mezclan anticuarios, diseño y restaurantes. Bellavista es más de salir de noche que de comer bien. Y en Vitacura y Las Condes está la alta cocina, más formal y más cara.
El vino merece que le hagas lugar. Santiago tiene viñas a menos de una hora en varias direcciones: el Valle del Maipo, que es el clásico y el de los tintos grandes, y el Valle de Casablanca, camino a la costa, donde están los blancos. Muchas reciben con visita guiada y degustación, y varias se hacen en medio día desde el centro. Está resuelto con la excursión a la Viña Concha y Toro o el tour por la bodega Santa Rita.
Un apunte sobre precios, para que no te agarre desprevenido. Santiago no es una ciudad barata: comer afuera cuesta parecido o más que en Buenos Aires, sobre todo en los barrios de moda. Lo que sí conviene aprovechar es el menú del día, que a la hora del almuerzo ofrece entrada, plato y postre a una fracción de lo que sale lo mismo a la noche. Es la costumbre local y es donde mejor se come por lo que se paga. Dónde dormir cerca de todo esto, en hoteles en Santiago de Chile.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"