Viña del Mar nació de una hacienda y de la llegada del ferrocarril. El territorio era una gran propiedad rural —la viña que le da nombre— en manos de una familia terrateniente, y durante siglos no fue más que campo junto a un puerto que crecía al lado. La ciudad como tal se funda recién en la segunda mitad del siglo XIX, mucho después que Valparaíso.
Lo que la transformó fue la conexión con Valparaíso y con Santiago. Cuando el ferrocarril unió el puerto con la capital y pasó por estas tierras, la hacienda se loteó y empezó a poblarse. La cercanía con el puerto más importante del Pacífico sur y el acceso rápido desde Santiago hicieron el resto: en pocas décadas pasó de campo a ciudad.
Se convirtió en el lugar de veraneo de la elite chilena, y eso explica los palacios. A fines del siglo XIX y principios del XX, las familias adineradas de Santiago y los grandes comerciantes de Valparaíso construyeron acá sus casas de verano: palacetes afrancesados, parques privados con especies traídas de Europa y clubes sociales. El Palacio Vergara y el Palacio Rioja son lo que quedó de aquella época.
El apodo de Ciudad Jardín viene de esa misma etapa. El diseño urbano se pensó con avenidas arboladas, plazas y parques, en contraste deliberado con el amontonamiento de Valparaíso. Esa decisión temprana de reservar espacio verde es la razón por la que hoy, más de un siglo después, sigue siendo una ciudad notoriamente más despejada y respirable que su vecina.
El terremoto de 1906 marcó a toda la zona. El sismo que devastó Valparaíso golpeó también a Viña, y la reconstrucción posterior redefinió buena parte del tejido urbano de la región. Chile está sobre una de las zonas sísmicas más activas del planeta, y eso explica por qué en toda esta costa hay menos construcción antigua en pie de la que uno esperaría.
En el siglo XX llegó el turismo masivo y con él el Casino y el Festival. El Casino Municipal, inaugurado en los años treinta frente al mar, consolidó a Viña como destino de veraneo elegante. Y el Festival de la Canción, que arrancó a comienzos de los sesenta en la Quinta Vergara, terminó dándole a la ciudad una proyección continental que ninguna otra política turística le hubiera conseguido.
El moái del museo Fonck tiene su propia historia y merece contarse. Es un moái original de Isla de Pascua, trasladado desde la isla en el siglo XX, y uno de los poquísimos que existen fuera de Rapa Nui. Su presencia acá es también un recordatorio de que la isla —a casi cuatro mil kilómetros en el Pacífico— es territorio chileno, algo que a mucha gente le sorprende. Qué se puede visitar está en qué hacer en Viña del Mar.
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