Ottawa empezó como un pueblo maderero llamado Bytown, y hasta el nombre fue una broma. Se fundó el 26 de septiembre de 1826 y lleva el apellido del teniente coronel John By, del Cuerpo de Ingenieros Reales británico, que dirigía la construcción del Rideau Canal. La fuente histórica lo dice sin vueltas: el nombre surgió como una referencia jocosa en una cena de oficiales, y para 1828 ya estaba en la correspondencia oficial. La capital de Canadá se llamó durante veintinueve años con un chiste de sobremesa militar.
El motor era la madera. Los troncos escuadrados se ataban en balsas y se hacían flotar río abajo hasta Quebec, y de ahí a Gran Bretaña. Eso trajo inmigrantes, empresarios y también violencia: entre 1835 y 1845 se desató la Guerra de los Shiners, una década de peleas entre trabajadores madereros irlandeses y franco-canadienses. Bytown era un pueblo bravo, no una capital. Se incorporó como town el 1 de enero de 1850 y como ciudad el 1 de enero de 1855, cuando cambió su nombre a Ottawa. Dos años después, era la capital del país.
Y esa es la mejor historia de la ciudad. Tras la unificación de 1841 el Parlamento no lograba fijar una capital permanente: sesionó en Kingston, en Montreal, y después alternaba entre Toronto y Quebec, con el caos administrativo y el costo que eso implicaba. En 1856 se votó entre seis candidatas —Toronto, Hamilton, Quebec, Montreal, Kingston y Ottawa—. Ganó Quebec por 64 a 56, pero el Consejo Legislativo se negó a financiar los edificios nuevos. Bloqueo total.
El Parlamento votó el asunto más de doscientas veces sin poder resolverlo. Ante el ridículo, los legisladores aprobaron una resolución pidiéndole a la reina Victoria que decidiera ella. El Gobernador General hizo que los intendentes de las cinco finalistas escribieran memorandos defendiendo su candidatura y los mandó a Londres. El 31 de diciembre de 1857 llegó la respuesta: Ottawa. Ganó porque estaba en el límite exacto entre el Canadá francófono y el anglófono, porque era equidistante entre Toronto y Quebec, y sobre todo porque estaba lejos del alcance de un ataque estadounidense por agua. La ratificación de 1859 pasó por apenas cinco votos de mayoría.
El Rideau Canal, que hoy es Patrimonio de la Humanidad, se construyó por miedo a Estados Unidos. Lo levantó el coronel By entre 1826 y 1832 como respuesta directa a la Guerra de 1812: el objetivo era una ruta segura de abastecimiento entre Montreal, Quebec y Kingston que mantuviera los barcos británicos lejos de la frontera. La única alternativa era el río San Lorenzo, que en buena parte de su curso es la frontera con Estados Unidos: un cañón en la orilla sur podía cortar el suministro de todo el Alto Canadá. El Rideau era el rodeo por el interior.
La ironía es completa: el canal nunca se usó para lo que fue construido. Nunca hubo otra guerra con Estados Unidos. Se convirtió primero en ruta comercial y después en vía recreativa. Son 202 kilómetros, 45 esclusas y 19 kilómetros excavados a mano, y la técnica de By fue represar los ríos existentes en lugar de excavar un canal continuo, lo que la UNESCO describe como el ejemplo mejor conservado de canal de aguas tranquilas de América del Norte. El costo humano fue enorme: alrededor de mil trabajadores murieron en seis años, de malaria y accidentes, y están enterrados a lo largo de las márgenes. La malaria en Canadá suena imposible, pero había mosquitos anofeles en los pantanos del Rideau.
El Parlamento que ves hoy es el segundo, porque el primero se incendió. El fuego empezó poco antes de las 21:00 del 3 de febrero de 1916, en la Sala de Lectura de la Cámara de los Comunes, y lo descubrió un diputado por Nueva Escocia al ver las llamas. La Comisión Real que investigó atribuyó la causa a un cigarro mal apagado o a una falla eléctrica; corrían rumores de sabotaje alemán —era plena Primera Guerra Mundial— pero no se encontró ninguna evidencia. Murieron siete personas, entre ellas un diputado, el subsecretario de la Cámara, dos empleados y dos invitadas.
Y acá está el detalle que vale el paseo. La Biblioteca del Parlamento fue la única estructura que sobrevivió, porque el bibliotecario Michael MacCormac cerró las puertas de hierro a prueba de fuego y contuvo las llamas. Esa biblioteca circular sigue en pie: es el único pedazo del Parlamento original de 1859 que se puede ver hoy. También se rescataron la Maza del Senado, el sillón del Presidente y el retrato de la reina Victoria. La reconstrucción arrancó ese mismo verano, con piedra en lugar de madera en los interiores. El cierre perfecto: el Centre Block que hoy está en obra hasta 2031 es ya el segundo edificio, y la biblioteca del fondo es la única que vio los dos. Qué se puede visitar hoy está en qué hacer en Ottawa.
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