Mérida está en el medio de Yucatán y funciona como el centro de una rueda: casi todo lo que uno quiere ver en el estado queda a menos de dos horas y media, y se puede hacer saliendo y volviendo a dormir a la misma cama. Esa es su gran ventaja frente a Cancún o Tulum, desde donde las mismas excursiones implican cuatro o cinco horas de micro ida y vuelta. Todas las salidas están ordenadas en lugares cerca de Mérida.
Chichén Itzá es la salida obligada y hay que hacerla temprano. Está a poco más de dos horas por autopista y es una de las zonas arqueológicas más importantes del mundo maya, con el Castillo, el juego de pelota más grande de Mesoamérica, el observatorio y el cenote sagrado. La trampa es conocida: los micros que salen de Cancún llegan cerca del mediodía y ahí se juntan el calor máximo, las multitudes y los cientos de vendedores en los senderos. Saliendo desde Mérida a primera hora la recorrés casi vacía, y una buena opción es la excursión a Chichén Itzá, Izamal y el cenote Xcajum.
Uxmal es la ruina que muchos consideran más linda, y con razón. Está a una hora y pico al sur, tiene la Pirámide del Adivino de base ovalada, el Cuadrángulo de las Monjas y una arquitectura de estilo Puuc con mosaicos de piedra tallada de una prolijidad que impresiona. Y lo mejor: recibe una fracción de la gente que va a Chichén Itzá, así que la recorrés con calma. Se combina con la Ruta Puuc —Kabah, Sayil, Labná— y con las grutas de Loltún. La excursión a Uxmal resuelve el traslado, que por tu cuenta es lo complicado.
Izamal es el pueblo amarillo y es una parada corta perfecta. A una hora de Mérida, tiene todo el casco pintado del mismo amarillo con zócalo blanco, un enorme convento franciscano del siglo XVI construido sobre una plataforma maya y pirámides asomando entre las casas, porque el pueblo colonial se levantó encima de la ciudad prehispánica sin taparla del todo. Se recorre en calesa o caminando en un par de horas y es de los Pueblos Mágicos más fotogénicos de México. Está la excursión a Izamal si querés hacerlo suelto.
Los cenotes de Cuzamá y Homún son el plan que más se disfruta con calor. A menos de una hora al sureste hay decenas de cenotes de agua transparente, algunos abiertos, otros en cavernas con raíces colgando desde el techo y un rayo de luz cayendo al medio. En Cuzamá el recorrido tradicional se hace en truck, una plataforma tirada por caballo sobre las vías viejas del henequén. Recordá lo del efectivo: son cenotes de comunidad y cada cosa se paga aparte. La excursión a los cenotes de Cuzamá te ahorra la logística.
Celestún es el paseo de naturaleza y los flamencos. Está a unas dos horas hacia el oeste, sobre el golfo, y es una reserva de la biosfera donde el agua dulce se mezcla con la salada y se juntan colonias enormes de flamencos rosados, sobre todo entre noviembre y marzo. El paseo se hace en lancha por la ría, entre manglares, con parada en un ojo de agua dulce y en un bosque petrificado. Se combina muy bien con el puerto tranquilo de Sisal en la excursión a Sisal y Celestún.
Y quedan tres salidas más para quien tenga días de sobra. Progreso, a media hora, es la playa de los meridanos sobre el golfo, con su muelle larguísimo y buen pescado. Valladolid, camino a Cancún, es una ciudad colonial chica y encantadora con cenotes dentro del propio pueblo, ideal como escala si seguís viaje al Caribe. Y Río Lagartos, en la punta norte, suma cocodrilos, más flamencos y las famosas Coloradas, lagunas rosas de sal. Con una semana en Mérida entra todo lo importante sin correr; con cuatro días hay que elegir entre Chichén Itzá y Uxmal, y si me preguntás, la segunda se disfruta más.
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