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Mérida

Yucatán - México

Que hacer en Mérida

Mérida se camina, pero se camina temprano o al atardecer. El casco histórico es plano y ordenado en cuadrícula, con calles numeradas en vez de nombres: las pares corren de norte a sur y las impares de este a oeste, así que una dirección como "calle 60 entre 57 y 59" es una coordenada exacta. Suena raro las primeras horas y después no querés otra cosa. Casi todo lo que vale la pena entra en un radio de diez o doce cuadras alrededor de la plaza principal, y la lista ordenada de imperdibles está en qué hacer en Mérida.

La Plaza Grande es el punto de partida obligado. La Catedral de San Ildefonso se levantó entre 1562 y 1598 con piedra sacada de los templos mayas que había abajo, y su interior es de una sobriedad casi militar, sin el barroco recargado de otras iglesias mexicanas. Enfrente, la Casa de Montejo conserva la fachada plateresca original con los conquistadores parados sobre cabezas de indígenas, una escena que la propia visita se encarga de explicar sin adornos. Adentro se recorren salones de época y la entrada es libre.

El Palacio de Gobierno es la visita gratuita que más sorprende. En sus muros están los murales de Fernando Castro Pacheco, treinta y pico de pinturas que cuentan la historia de Yucatán desde la conquista hasta la Guerra de Castas, con una violencia que nadie espera encontrar en un edificio público. Se entra sin pagar y se sube al balcón que da a la plaza. Al lado, el Palacio Municipal y el Centro Cultural Olimpo completan la vuelta de la manzana.

El Paseo de Montejo se recorre entero, aunque sea una vez. Son varios kilómetros de avenida con camellón arbolado y las mansiones del auge del henequén, muchas convertidas hoy en museos, bancos, restaurantes o consulados. La joya es el Palacio Cantón, que aloja el Museo Regional de Antropología, y el remate es el Monumento a la Patria, una enorme escultura tallada en piedra a mano con la historia de México. Se puede hacer caminando de mañana, en bici o en calesa.

El Gran Museo del Mundo Maya es el museo que ordena el viaje. Está al norte de la ciudad, es moderno, tiene aire acondicionado y explica la civilización maya con piezas originales, maquetas y audiovisuales. Conviene hacerlo antes de ir a las ruinas y no después: llegar a Chichén Itzá sabiendo qué era el juego de pelota y para qué servía un observatorio cambia por completo la visita. Si el tiempo aprieta, es el museo que hay que elegir.

Los mercados son la parte viva y la que más se disfruta. El Lucas de Gálvez y el San Benito, pegados uno al otro, son un laberinto de puestos de recado rojo, chiles habaneros, hamacas, guayaberas, hierbas y comederos donde almuerzan los meridanos. Es caótico, es ruidoso y es lo más auténtico que vas a ver. Una forma buenísima de entenderlo es la visita al mercado Lucas de Gálvez con clase de cocina, donde comprás los ingredientes y después cocinás lo que compraste.

Y hay dos cosas prácticas que arruinan paseos si no las sabés. Buena parte de los museos cierra los lunes, y el mediodía en la calle es directamente inviable de marzo a septiembre: entre las doce y las cuatro conviene estar bajo techo, comiendo o en el museo. La ciudad lo compensa de noche, cuando se llena de vida en los barrios de Santa Lucía, Santa Ana y La Ermita, con espectáculos gratuitos casi todos los días. Podés ver cómo se ve todo esto en las fotos de Mérida.



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