Trinidad se visita caminando y el casco histórico es chiquito de verdad. Todo lo que importa entra en un rectángulo de unas quince o veinte cuadras alrededor de la Plaza Mayor, así que no hace falta transporte ni planificar recorridos largos: se sale de la casa particular, se camina, se para a tomar algo y se sigue. Lo que sí condiciona todo es el piso, porque las calles son de piedra irregular y se camina lento. La lista ordenada está en qué hacer en Trinidad.
La Plaza Mayor es el punto de partida y además concentra los museos. Es una plaza en desnivel, con verjas blancas, bancos y jarrones, rodeada por casonas del siglo XIX que hoy son el Museo Romántico, instalado en el palacio Brunet y lleno de muebles y porcelanas de las familias azucareras; el Museo de Arqueología Guamuhaya; el Museo de Arquitectura Colonial, que explica cómo están hechas las casas que venís mirando; y una galería de arte. Se pueden hacer todos en una mañana larga.
La iglesia de la Santísima Trinidad preside la plaza desde arriba. Es la parroquia mayor de la ciudad, se levantó a lo largo del siglo XIX sobre el solar de un templo anterior y por afuera es sobria, casi austera, sin la exuberancia barroca de otras iglesias del continente. Adentro guarda altares de madera tallada y el Cristo de la Vera Cruz, una talla que llegó por accidente a Trinidad y que es objeto de devoción local. Abre en horarios acotados y conviene consultar en el momento, porque cambian seguido.
El campanario del convento de San Francisco es la foto que todo el mundo se lleva. El antiguo convento hoy aloja el Museo Nacional de la Lucha Contra Bandidos, que cuenta el conflicto de los años sesenta en la sierra del Escambray, pero la mayoría entra por otra cosa: para subir la escalera de madera de la torre amarilla y ver desde arriba los techos de tejas rojas, la sierra al norte y el mar al sur. Es una subida corta, empinada y con escalones angostos, pero la vista lo vale de sobra.
El Palacio Cantero es el otro mirador y para muchos es mejor. Funciona como Museo Histórico Municipal, con las salas montadas en la casa de uno de los grandes hacendados, y tiene una torre propia a la que se sube por una escalera de caracol. Desde ahí se ve la ciudad desde el otro ángulo y se entiende de golpe cómo está armada. Para hacer el casco con alguien que te ordene la historia y te muestre los rincones que no aparecen solos, está el free tour por la Trinidad tradicional.
La escalinata y la Casa de la Música son la parada obligada al caer el sol. Los escalones que suben al lado de la iglesia funcionan como platea al aire libre: la gente se sienta ahí, arriba toca una banda en vivo y la cosa arranca temprano y sigue hasta tarde. En la vuelta hay locales chicos donde se toma la canchánchara, el trago local de aguardiente, miel y limón que se sirve en jarrito de barro, y una Casa de la Trova con música más tranquila. También está la discoteca metida en una cueva natural, que abre de noche.
Dos consejos prácticos que evitan disgustos. Primero, los horarios de museos e iglesias en Cuba son elásticos y varias instituciones cierran un día a la semana o directamente cuando no hay luz, así que no armes un plan rígido; si un museo está abierto, entrá en ese momento. Segundo, si querés ver el pueblo entero sin dejar la piel en el empedrado, el tour en bicicleta por Trinidad resuelve las distancias hacia las afueras, que es donde el pavimento mejora.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"