Antes que nada, acá había agua, y ese es el origen de todo. El valle tenía manantiales naturales que alimentaban praderas verdes en medio del desierto, y por eso los paiute del sur habitaban la zona desde hacía siglos. En 1829, un explorador que venía con una caravana comercial por el Camino Viejo Español, Rafael Rivera, encontró esos pastizales y les puso el nombre en español que quedó para siempre: las vegas, es decir, las tierras fértiles junto al agua. El nombre de la ciudad del exceso significa, literalmente, praderas.
El primer intento de asentamiento fue religioso y fracasó. En 1855 un grupo de colonos mormones levantó un fuerte de adobe junto a los manantiales para asegurar la ruta entre Utah y California, pero el calor, las cosechas pobres y las tensiones internas los hicieron abandonarlo en pocos años. Parte de aquel fuerte todavía se conserva y es el edificio más antiguo del estado de Nevada. Durante décadas el lugar siguió siendo apenas una parada de agua en el camino al oeste.
La ciudad nace por el ferrocarril, el 15 de mayo de 1905. Ese día se remataron los lotes de la nueva estación de la línea que unía Salt Lake City con Los Ángeles, y en una jornada quedó trazado el pueblo. Fremont Street fue su calle principal y ahí se abrieron los primeros bares y casas de juego. Al principio era un pueblo ferroviario, con talleres y depósitos, y el juego se practicaba de manera informal, tolerada o clandestina según el humor de las autoridades.
Dos hechos de 1931 la cambian para siempre: el juego legal y la represa. Nevada legalizó el juego en marzo de ese año para conseguir recaudación en plena crisis, y casi al mismo tiempo empezó la construcción de la presa Hoover sobre el río Colorado, que entre 1931 y 1936 trajo miles de obreros al desierto con sueldo en el bolsillo y ganas de gastarlo el fin de semana. Además, la represa resolvió el problema del agua y de la electricidad, sin los cuales una ciudad de este tamaño en el Mojave sería impensable.
El Strip aparece en los cuarenta, y con él la mafia. En 1941 abrió el primer complejo con casino, pileta y habitaciones fuera del ejido urbano, sobre la carretera al sur; en 1946 Bugsy Siegel inauguró el Flamingo con dinero del crimen organizado y la idea de un casino elegante y no de un salón del oeste. Le costó la vida, pero el modelo funcionó. En los cincuenta y sesenta llegaron los hoteles con orquesta, el Rat Pack en los escenarios y una ciudad controlada en buena medida desde las sombras.
Al mismo tiempo, a cien kilómetros, se probaban bombas atómicas. Entre 1951 y 1962 el gobierno hizo detonaciones nucleares al aire libre en el desierto de Nevada, y los hongos se veían desde los techos de los hoteles: la ciudad, lejos de esconderlo, lo vendió como atracción, con fiestas en las azoteas para mirar los ensayos. Después las pruebas pasaron a ser subterráneas. Es uno de los capítulos más extraños de esta historia y se puede seguir en la historia de Las Vegas.
De la mafia a las corporaciones, y de ahí al megarresort. A partir de fines de los sesenta, la llegada de inversores como Howard Hughes y un cambio en las leyes permitieron que empresas con accionistas compraran los casinos, y el negocio se blanqueó. El salto definitivo llegó en 1989 con el primer megacomplejo temático, que inauguró la era de los hoteles gigantes con volcanes, canales y pirámides, y de las implosiones televisadas de los viejos casinos. En este siglo la ciudad diversificó hacia gastronomía, espectáculos y deporte profesional, y sumó la Sphere en 2023 como su última reinvención.
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