El Gran Cañón es el motivo real por el que muchos vienen, y lo primero es entender que hay dos accesos distintos. No son dos entradas al mismo lugar: son dos experiencias diferentes, a distintas distancias, con distintos dueños y distinto paisaje. El West Rim es más cercano y está en territorio de la nación hualapai; el South Rim es el parque nacional de verdad, está mucho más lejos y es bastante más impresionante. Si tenés un solo día, la elección define el viaje. Hay incluso combinados de cañón y ciudad que resuelven varias cosas juntas.
El West Rim está a unos doscientos kilómetros y se hace en dos horas y media de viaje. Es tierra hualapai, no parque nacional, y por eso funciona con entradas propias y servicios propios. Ahí está el Skywalk, esa pasarela de vidrio con forma de herradura que se asoma al vacío y por la que caminás sobre el cañón: es caro, no te dejan entrar con cámara ni teléfono a la pasarela, y sobre eso hay que tener expectativas realistas. El paisaje es hermoso pero menos profundo y menos amplio que el del parque nacional. Se visita con excursiones al Gran Cañón con Skywalk que salen del Strip.
El South Rim está a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros y es el Gran Cañón de las fotos. Son cuatro horas y media o cinco de viaje por lado, así que el que va y vuelve en el día pasa nueve o diez horas arriba de un micro para estar unas pocas horas en los miradores. Vale la pena igual, porque la diferencia de escala es enorme, pero si podés dormir una noche en la zona del parque y ver el amanecer sobre el cañón, el viaje cambia por completo. Las excursiones al Gran Cañón con guía en español salen muy temprano y conviene reservarlas antes de viajar.
La presa Hoover está a menos de una hora y se combina con el cañón o se hace suelta. Es una obra de ingeniería de los años treinta que retiene el río Colorado y formó el lago Mead, el embalse artificial más grande del país por capacidad. Se puede recorrer por fuera, bajar por dentro con visita guiada y caminar por el puente que la cruza a unos doscientos setenta metros sobre el río, desde donde se ve entera. Sobre la propia represa pasa la frontera entre Nevada y Arizona, con una hora de diferencia horaria de un lado al otro.
El Valle de Fuego es el paseo más lindo que casi nadie hace. Está a unos ochenta kilómetros al noreste, es el parque estatal más antiguo de Nevada y son formaciones de arenisca roja encendida, con petroglifos de más de dos mil años, senderos cortos y un camino escénico que se recorre en auto. Rinde muchísimo para una mañana. Mucho más cerca, a media hora del Strip, está el cañón de rocas rojas al oeste, con un circuito panorámico de unos veintiún kilómetros y senderos fáciles: en verano ambos se hacen solo temprano.
El Valle de la Muerte es el extremo y hay que respetarlo. Está a unas dos horas hacia el oeste y tiene el punto más bajo de América del Norte, a ochenta y seis metros bajo el nivel del mar, en una planicie de sal que parece otro planeta. En invierno y a principios de primavera es una excursión espectacular; en verano es directamente peligroso, con temperaturas récord del planeta y sin cobertura de teléfono en gran parte del parque. Si vas, llevá mucha agua, tanque lleno y avisá a alguien por dónde andás.
Y después están los dos grandes complementos del circuito. Hacia el noreste, el parque de Zion, a unos doscientos sesenta kilómetros, con paredes de roca de casi mil metros y algunas de las caminatas más impresionantes del oeste; y más lejos, a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros, el cañón del Antílope, esas paredes onduladas color naranja que solo se visitan con guía navajo y con reserva previa. Hacia el suroeste, Los Ángeles queda a unos cuatrocientos treinta y cinco kilómetros por autopista, que es la combinación más común del argentino. Mirá el resto en lugares cerca de Las Vegas.
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