Ciudad de México es la capital más visitada de América Latina y, para casi todo argentino que viaja a México, la puerta de entrada obligada. Ahí aterriza el vuelo desde Buenos Aires y desde ahí sale la conexión a Cancún, a Oaxaca, a Mérida o a Los Cabos. El problema es que muchísima gente la usa nada más que de escala, duerme una noche cerca del aeropuerto y se va sin haber pisado la calle. Es de los errores más caros del viaje, porque lo que se está salteando es una de las tres o cuatro ciudades más interesantes del continente.
Son alrededor de nueve millones de habitantes en la ciudad y más de veinte en el área metropolitana, apoyados sobre el lecho de un lago que los mexicas ocuparon en 1325 y que los españoles fueron rellenando después de 1521. Eso explica dos cosas que se notan enseguida: que la ciudad se hunde unos centímetros por año, con edificios visiblemente inclinados en pleno centro, y que abajo de casi cualquier obra aparece una ruina prehispánica. El Centro Histórico y Xochimilco son Patrimonio de la Humanidad desde 1987.
Está a 2.240 metros sobre el nivel del mar, y eso el cuerpo lo registra. No es la altura de La Paz ni la del Cusco, pero los primeros dos días subís una escalera y llegás arriba con menos aire del que esperabas, dormís peor y la resaca pega distinto. Vale la pena tomarse el día de llegada con calma en vez de arrancar con una maratón de museos. Cómo manejar eso está explicado en información útil de Ciudad de México.
Lo que la vuelve imperdible es la densidad de cosas buenas por kilómetro cuadrado. El Zócalo con la Catedral Metropolitana y las ruinas del Templo Mayor a metros una de otra; el Museo Nacional de Antropología, que está entre los mejores del mundo en lo suyo; el bosque de Chapultepec con su castillo arriba del cerro; los murales de Diego Rivera repartidos por edificios públicos que se entran caminando; Coyoacán con la Casa Azul de Frida Kahlo. Está todo ordenado en qué hacer en Ciudad de México.
Y tiene barrios donde uno se queda a vivir mentalmente. La Roma y la Condesa son dos colonias arboladas de principios del siglo XX, con camellones anchos, cafés de especialidad, librerías y restaurantes, y un aire que a un porteño le va a resultar familiar y distinto al mismo tiempo. Polanco es la versión cara y elegante, pegada al parque. Coyoacán es directamente un pueblo colonial que quedó adentro de la ciudad y nunca se dejó tragar del todo.
El plan mínimo honesto son tres días completos, y con cinco no sobra nada. Un día entero para el Centro Histórico, otro para Chapultepec y el museo de Antropología, un tercero para Coyoacán y Xochimilco. Si le sumás Teotihuacán, que está a una hora de la ciudad, ya son cuatro. Resolverlo en las veinticuatro horas de una escala no es apurarse: es directamente no verlo.
Si llegás sin saber por dónde empezar, la primera mañana resolvela caminando el Centro con alguien que te lo cuente. El free tour por la Ciudad de México arranca en el Zócalo y te acomoda la geografía y la historia en un par de horas, que es justo lo que hace falta para que el resto de los días tengan sentido y no sean una sucesión de nombres sueltos.
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