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Distrito Federal - México

Historia de Ciudad de México

La historia de esta ciudad empieza con una laguna y una profecía. Según la tradición, los mexicas venían migrando desde el norte buscando la señal que les habían anunciado sus dioses: un águila parada sobre un nopal devorando una serpiente. La encontraron en un islote del lago de Texcoco y ahí fundaron México-Tenochtitlan en 1325. Esa escena es la que hoy está en el centro de la bandera mexicana. Más contexto en historia de Ciudad de México.

En menos de dos siglos, ese islote se convirtió en una de las ciudades más grandes del planeta. Tenochtitlan tenía calzadas que la unían con la tierra firme, un acueducto que le traía agua dulce, un sistema de chinampas para cultivar sobre el agua y un centro ceremonial dominado por el Templo Mayor. Cuando los españoles llegaron en 1519, describieron algo que no habían visto nunca en Europa: una capital lacustre más poblada que Sevilla o que Londres, con mercados enormes y una organización urbana impecable.

La caída fue en 1521 y fue brutal. Hernán Cortés, aliado con los pueblos que estaban sometidos por los mexicas —los tlaxcaltecas sobre todo— y con la viruela haciendo su trabajo, sitió la ciudad durante meses hasta que cayó el 13 de agosto de ese año, con Cuauhtémoc como último tlatoani. Lo que siguió fue una decisión con consecuencias que se ven hoy: en vez de fundar la capital en otro lado, la construyeron encima, usando las piedras de los templos derribados para levantar la catedral y los palacios.

De ahí sale el problema estructural que la ciudad arrastra hasta hoy. Los españoles fueron desecando el lago para evitar inundaciones, y el resultado es una metrópoli enorme apoyada sobre un lecho de arcilla blanda que se comprime a medida que se extrae agua del subsuelo. Por eso el Centro Histórico está lleno de edificios inclinados, por eso hay pisos que se hunden y por eso los terremotos pegan tan fuerte: el suelo amplifica las ondas como si fuera gelatina.

Tres siglos de virreinato la convirtieron en la capital de la Nueva España, con universidad, imprenta, palacios y una arquitectura barroca que todavía se ve en cada cuadra del Centro. La independencia se consumó en 1821. Después vinieron décadas de inestabilidad, la guerra con Estados Unidos que terminó en 1847 con la toma del Castillo de Chapultepec, y el efímero imperio de Maximiliano en los años sesenta del siglo XIX, que dejó como herencia el Paseo de la Reforma, trazado a imagen de las grandes avenidas europeas.

El siglo XX la transformó dos veces. Primero el Porfiriato, que la llenó de edificios afrancesados como el Palacio de Bellas Artes. Después la Revolución de 1910, que además de rehacer el país produjo el movimiento artístico más importante de América Latina: el muralismo. Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros pintaron la historia de México en las paredes de los edificios públicos, para que la leyera la gente que no sabía leer. Verlos gratis, caminando el Centro, es una de las cosas más fuertes que ofrece la ciudad.

Y están las fechas que todavía duelen y las que cambiaron la fisonomía. El 2 de octubre de 1968, días antes de los Juegos Olímpicos, la represión a una manifestación estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco dejó una herida abierta. El terremoto del 19 de septiembre de 1985 derrumbó edificios enteros y dejó miles de muertos, pero también hizo nacer una sociedad civil organizada que salió a rescatar con las manos. Otro sismo, exactamente el mismo día de 2017, volvió a golpear. Y en 2016 la ciudad dejó de ser Distrito Federal para convertirse en una entidad federativa con nombre propio.


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