La Guelaguetza es la fiesta indígena más grande de América y ocupa Oaxaca entera durante dos semanas de julio. Se celebra los dos lunes siguientes al 16 de julio, conocidos como los Lunes del Cerro, y consiste en que delegaciones de las ocho regiones del estado suben al auditorio del Cerro del Fortín a bailar, cantar y presentar su música con la vestimenta de cada pueblo. La palabra significa, en zapoteco, algo así como el don recíproco: dar esperando dar de nuevo.
Lo importante de la Guelaguetza es que la fiesta no está solo adentro del auditorio. Las funciones principales son con entrada y se agotan temprano, pero durante esas dos semanas la ciudad se llena de calendas por las calles, desfiles de delegaciones, muestras de mezcal, ferias gastronómicas, conciertos gratuitos en el zócalo y bailes en las plazas de los barrios. Aunque no consigas boleto para el cerro, la vas a vivir igual, y bastante.
El Día de Muertos en Oaxaca se vive distinto que en el resto de México, y ahí está su valor. Va del 31 de octubre al 2 de noviembre, y en lugar del desfile espectacular de la capital, acá es una fiesta familiar en los panteones: las tumbas se cubren de flor de cempasúchil, se prenden velas, se pone la comida y la bebida que le gustaban al difunto y las familias pasan la noche entera ahí, con banda en vivo.
Hay tres cosas concretas para no perderse en esas noches. Los panteones de Xoxocotlán y San Miguel, que se iluminan con miles de velas; las comparsas de la zona de Etla, donde se sale disfrazado a bailar por las calles con banda de viento hasta la madrugada; y los tapetes de arena de colores que se arman en el atrio de las iglesias del centro. Todo lo que hay en fecha se sigue en eventos en Oaxaca.
Ahora, hay una manera correcta de estar ahí y conviene tenerla clara. El cementerio de noche no es un show montado para el turismo: son familias velando a sus muertos. Se entra en silencio, no se pisan las tumbas, no se saca foto de cerca sin pedir permiso y no se va disfrazado de catrina al panteón. Con esa actitud te van a convidar mezcal y pan de muerto, y la noche se vuelve inolvidable.
La Noche de Rábanos, el 23 de diciembre, es la fiesta más rara y más querible del calendario. Durante una sola tarde, el zócalo se llena de mesas con escenas talladas en rábanos gigantes: nacimientos, escenas de mercado, catedrales enteras hechas con la verdura, más categorías de flor inmortal y de hoja de maíz. Se hace desde fines del siglo XIX, dura pocas horas, se arma una cola larguísima y al día siguiente ya no queda nada.
El resto del año también tiene su agenda, y diciembre es el mes más movido después de julio. El 18 de diciembre se celebra a la Virgen de la Soledad, patrona de la ciudad; en las noches previas a Navidad salen las posadas y las calendas con muñecos gigantes y faroles; y la Semana Santa llena las iglesias de procesiones. En primavera y otoño se suman ferias del mezcal y del mole, que se anuncian con poca anticipación.
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