Monte Albán es lo más cerca que hay y lo primero que se visita: está a unos diez kilómetros del centro. Se sube por un camino en zigzag hasta la cima achatada del cerro y se recorre la Gran Plaza, el juego de pelota, los relieves de los Danzantes y las tumbas. Se combina muy bien con el ex convento de Cuilapam, una enorme construcción dominica que quedó sin techo y sin terminar, en la excursión a Monte Albán y Cuilapam.
Mitla está a unos cuarenta y cinco kilómetros por la ruta del este y es la contracara de Monte Albán. Acá lo que impresiona no es la escala sino el detalle: paneles enteros de grecas geométricas armadas con miles de piedras encastradas sin mezcla, que todavía conservan restos de pintura roja. Debajo hay tumbas cruciformes que se recorren agachado. En el mismo pueblo hay palenques de mezcal artesanal que se visitan sobre la marcha.
Hierve el Agua queda a unos setenta kilómetros y es la salida más espectacular del valle. Dos formaciones blancas de carbonato colgadas del borde de un acantilado, formadas por miles de años de agua mineral escurriendo, y arriba unas pozas naturales de agua fría con vista al vacío. El último tramo es camino de montaña angosto. La excursión a Hierve el Agua es de día completo y conviene salir temprano para llegar antes que los micros.
Teotitlán del Valle es el pueblo de los tapetes de lana y la mejor visita de artesanía del estado. Las familias hilan, tiñen con grana cochinilla, añil, musgo y cáscara de nuez, y tejen en telar de pedal piezas que llevan semanas. En los talleres te muestran el proceso completo antes de vender nada. Está sobre la misma ruta que Mitla, y la excursión a Mitla, Teotitlán del Valle y Hierve el Agua junta los tres puntos.
Los otros pueblos de artesanos están todos a menos de una hora y cada uno hace una sola cosa. San Bartolo Coyotepec trabaja el barro negro bruñido; Arrazola y San Martín Tilcajete tallan y pintan alebrijes de madera de copal; Santa María Atzompa hace la cerámica vidriada verde. En el camino queda el árbol del Tule, un ahuehuete milenario que tiene el tronco más ancho del mundo y que se ve en diez minutos, pero no se olvida.
La sierra de Ixtlán, al norte, es el otro Oaxaca: bosque de niebla, frío y turismo comunitario. A unas dos horas por camino de montaña están Ixtlán de Juárez, Guelatao —el pueblo donde nació Benito Juárez— y los Pueblos Mancomunados, una red de comunidades zapotecas que administran ellas mismas las cabañas, los guías, los senderos y las tirolesas. Es la mejor opción para caminar entre pinos y dormir en altura, y funciona todo el año.
Y la costa, que es el gran malentendido del destino, merece que se diga claro. Puerto Escondido, Mazunte, Zipolite y Huatulco están del otro lado de la sierra. La carretera nueva acortó bastante el viaje hasta Puerto Escondido, pero la ruta vieja por San José del Pacífico sigue siendo un camino de curvas de seis o siete horas que marea a cualquiera. No es una excursión de un día: es un segundo destino, con sus propias noches de hotel. Más ideas en lugares cerca de Oaxaca.
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