La bahía de Banderas tiene nombre de batalla y ese es el origen de todo. Los españoles llegaron a esta costa a mediados del siglo dieciséis y se encontraron con una población indígena numerosa que salió a recibirlos con banderas de plumas de colores, y de ahí quedó el nombre. Durante siglos después la zona fue paso de piratas, refugio de barcos y poco más: no había ciudad, solo costa y sierra.
El pueblo nació recién a mediados del siglo diecinueve y por un motivo muy práctico: la sal. Se fundó en 1851 con el nombre de Las Peñas, como punto de desembarco para abastecer a las minas de la sierra, que necesitaban sal para procesar el mineral. Era un caserío de pescadores y arrieros al que se llegaba por mar o a lomo de mula, sin camino y sin conexión real con el resto del país.
El nombre actual llegó en 1918, cuando el pueblo se convirtió en municipio. Se lo bautizó Puerto Vallarta en homenaje a Ignacio Luis Vallarta, abogado, gobernador de Jalisco y figura importante del derecho mexicano del siglo diecinueve, que no tenía relación directa con el lugar. Para entonces el pueblo seguía siendo chico y aislado: la agricultura y la pesca eran todo lo que había.
El salto llegó en los años sesenta, y llegó por el cine. En 1963 un director estadounidense filmó en Mismaloya una película basada en una obra de teatro, con un elenco de primera línea, y el rodaje trajo prensa internacional a un pueblito que casi nadie ubicaba en el mapa. El romance entre dos de sus protagonistas convirtió a Vallarta en material de revista durante meses.
Ese golpe de suerte hizo lo que ninguna campaña de promoción hubiera logrado. La pareja compró casa en el casco viejo, la prensa siguió viniendo y detrás llegaron el aeropuerto, la carretera y los primeros hoteles. En pocos años el pueblo de pescadores pasó a ser destino internacional, y el puente que unía las dos casas del romance sigue ahí, cruzando una calle empedrada del centro.
Lo llamativo es que el crecimiento no se llevó puesto el casco antiguo, y eso fue una decisión. Se sostuvo la reglamentación de techos de teja, fachadas blancas y calles de piedra en la zona vieja, mientras el desarrollo grande se corría hacia el norte, a la marina y a Nayarit. Por eso hoy Vallarta tiene centro histórico habitado y no un simulacro turístico, a diferencia de otros destinos de playa del país.
La ciudad de hoy ronda los trescientos mil habitantes y vive casi enteramente del turismo. Recibe cruceros, tiene una comunidad grande de canadienses y estadounidenses que pasan el invierno acá, y sostiene al mismo tiempo una vida local propia de mercados, escuelas y peregrinaciones. Ese equilibrio raro es lo que se percibe caminando, y está contado en detalle en historia de Puerto Vallarta.
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