Santo Domingo es la ciudad colonial más antigua de América y, aun así, es la gran ausente de casi todos los viajes a República Dominicana. La mayoría de los argentinos aterriza en Punta Cana, se sube a un traslado, entra a un resort y no vuelve a salir hasta el día del regreso. Se pierde la capital, que está a poco más de doscientos kilómetros por autopista y que es el lugar donde empezó, literalmente, todo lo europeo en el continente: la primera catedral, la primera calle empedrada, la primera universidad, el primer hospital, la primera audiencia real. No es una frase de folleto, es el motivo concreto por el que la Unesco declaró patrimonio de la humanidad a su casco antiguo en 1990.
Es una ciudad grande, ruidosa y muy caribeña, que no se parece en nada a la postal del all inclusive. El Distrito Nacional ronda el millón de habitantes y el área metropolitana pasa largamente los tres millones, repartidos a los dos lados del río Ozama. Hay tránsito denso, motoconchos que se cuelan entre los autos, música a todo volumen saliendo de los colmados y un calor pegajoso desde temprano. También hay barrios modernos con torres de vidrio, restaurantes que juegan en serio y una noche que no se apaga. Es una capital de verdad, con todo lo bueno y todo lo incómodo que eso implica.
La Zona Colonial es el corazón y se recorre entera caminando. Son unas pocas manzanas apretadas entre el río y el mar, de calles angostas, casas bajas pintadas de colores y piedra del siglo XVI a la vista, donde en tres cuadras pasás de la catedral primada al palacio del hijo de Colón y de ahí a la fortaleza que vigilaba la desembocadura. Está viva: tiene vecinos, escuelas, almacenes y chicos jugando pelota, no es un decorado vaciado para turistas. Esa mezcla de museo al aire libre y barrio habitado es lo que la hace distinta de otros cascos coloniales del Caribe.
La otra Santo Domingo es la moderna y también merece tiempo. El Malecón, la avenida costera que bordea el mar Caribe durante kilómetros, es donde la ciudad sale a caminar, a correr y a sentarse a mirar el atardecer. Más al norte están Piantini, Naco y Bella Vista, con shoppings, oficinas y la mejor gastronomía; en Gazcue sobreviven las casonas de los años treinta y cuarenta; y hacia el este, cruzando el Ozama, aparecen el Faro a Colón y el parque de los Tres Ojos. Ningún viaje serio a la ciudad se queda solamente adentro de la Zona.
La música no es un adorno del viaje: acá nacieron el merengue y la bachata. Los dos géneros salieron de esta isla, los dos fueron despreciados por las clases altas antes de conquistar el mundo entero y los dos están reconocidos por la Unesco como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, el merengue en 2016 y la bachata en 2019. En Santo Domingo eso se escucha en la calle, no en un escenario armado para visitantes: suena en los colmadones, en las esquinas de la Zona Colonial los fines de semana y en las ruinas de San Francisco cuando hay banda en vivo.
Con tres días completos la ciudad se hace bien y sin correr. Uno para la Zona Colonial a fondo, con sus museos y sus iglesias; otro para el este del río, con el Faro a Colón, los Tres Ojos y una tarde de Malecón; y un tercero para una excursión de día entero a la costa o para el barrio moderno, según lo que te guste. Si la sumás como escala de dos o tres noches antes o después de la playa, funciona perfecto y te cambia por completo la idea que te llevás del país.
Y ahora la parte honesta, porque conviene decirla desde el arranque. Hace calor y humedad los doce meses, el tránsito es un caos que te va a comer horas si no lo planificás, en la Zona Colonial hay vendedores muy insistentes y la seguridad varía bastante de un barrio a otro. Nada de eso la vuelve un destino difícil, pero sí conviene llegar sabiéndolo. Podés ver cómo es de verdad en las fotos de Santo Domingo, y para la primera recorrida está el free tour por la Ciudad Colonial.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"