Chicago es la tercera ciudad de Estados Unidos y la capital mundial de la arquitectura moderna. Está en el estado de Illinois, sobre la orilla suroeste del lago Michigan, tiene alrededor de 2,7 millones de habitantes dentro del municipio y más de nueve millones contando el área metropolitana. Lo primero que ves cuando llegás es la muralla de rascacielos parada frente al agua, con una playa de arena a los pies. Esa imagen no se parece a nada de lo que el argentino tiene registrado de Estados Unidos, y es exactamente el motivo por el que vale la pena.
Es el destino que le falta al que ya hizo Nueva York, Miami y Orlando. Ese viajero conoce la ciudad de las multitudes, la playa del sur y los parques temáticos, y en algún momento quiere algo distinto sin irse a Europa. Chicago le da una ciudad grande de verdad, con museos de primerísimo nivel, escena gastronómica propia, música en vivo todas las noches y un centro que se camina entero. Y encima se llega con un vuelo interno corto desde cualquiera de esos tres lugares.
Acá se inventó el rascacielos, y eso no es una frase de folleto. Después del incendio de 1871 la ciudad se reconstruyó desde cero y los ingenieros probaron algo nuevo: en vez de paredes de mampostería que se sostienen a sí mismas, un esqueleto de acero que carga el peso y deja la fachada libre para poner vidrio. De ahí salió la Escuela de Chicago, de ahí salieron Louis Sullivan, Daniel Burnham, Frank Lloyd Wright y más tarde Mies van der Rohe. Caminar el centro es caminar un catálogo de ciento cuarenta años de arquitectura en cuatro cuadras.
Es notoriamente más barata que Nueva York y eso cambia el viaje. Alojamiento, comida, transporte y entradas juegan en otra liga, y con el mismo presupuesto que en Manhattan te alcanza para más días o para dormir mejor ubicado. No es un destino barato en términos absolutos —sigue siendo Estados Unidos— pero la diferencia se siente desde el primer día, sobre todo en hotelería fuera de temporada de congresos y en restaurantes de nivel medio.
Antes de ilusionarte, resolvé el trámite: hace falta visa. El argentino necesita visa de turista B1/B2 para entrar a Estados Unidos, con entrevista presencial en la embajada y turno que se pide con mucha anticipación. Argentina no está en el programa de exención de visa, así que el ESTA no sirve: es para pasaportes de otros países. Los plazos varían todo el tiempo y conviene chequearlos en la fuente oficial, pero la regla práctica es simple: primero la visa, después los pasajes. Todo el detalle está en información útil de Chicago.
El lago manda sobre la ciudad más de lo que uno imagina. El Michigan es tan grande que no se le ve la otra orilla y funciona como un mar interior: en verano la ciudad se llena de gente en la playa urbana, algo que sorprende a todo el que llega sin saberlo, y en invierno ese mismo lago le tira encima un viento helado que baja la sensación térmica muy por debajo del termómetro. Chicago tiene cuatro estaciones marcadas y cada una es una ciudad distinta.
Para la primera recorrida conviene arrancar con alguien que te ordene el centro. El Loop es chico y denso, pero sin contexto se te pasan por al lado diez edificios que son historia de la arquitectura mundial y parecen simplemente oficinas. Una caminata guiada de entrada te acomoda el mapa mental, te enseña a distinguir qué es qué y te ahorra días de dar vueltas. El free tour por Chicago es la manera más cómoda de hacerlo el primer día.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"