El centro de Chicago es sorprendentemente compacto y eso hace que la ciudad rinda muchísimo en pocos días. Con cuatro jornadas completas ves lo importante sin correr; con tres se puede, apretando. Todo lo grande se concentra en una franja de unos cuatro kilómetros pegada al lago, entre el Loop, el río y el parque Grant, y lo que queda afuera se resuelve con el tren elevado en veinte minutos. La lista ordenada por prioridad está en qué hacer en Chicago.
El paseo en barco por el río con guía de arquitectura es la actividad número uno, y con razón. Durante alrededor de una hora y media navegás por las tres ramas del río Chicago mientras alguien te va contando quién construyó cada torre, en qué año y por qué. Es la única forma de ver los rascacielos desde abajo y a la distancia justa, con el cuello sin quebrarse, y funciona igual de bien para el que sabe de arquitectura y para el que no distingue una columna de otra. Se hace en el paseo en barco por el río Chicago y conviene sacarlo con días de anticipación en verano.
El Millennium Park es gratis y es la postal obligada. Ahí está Cloud Gate, la escultura de acero inoxidable espejado de Anish Kapoor que nadie llama por su nombre: para todo el mundo es "the Bean", el porotito. Deforma el skyline entero en su superficie curva y te podés meter debajo. Al lado está la Crown Fountain, dos torres de vidrio de quince metros que proyectan caras de vecinos escupiendo agua, y el Jay Pritzker Pavilion de Frank Gehry, un anfiteatro al aire libre con conciertos gratuitos en verano.
El Art Institute es uno de los grandes museos del mundo y merece medio día entero. Fundado en 1879, tiene la colección de impresionismo y postimpresionismo más importante fuera de Francia, y arriba de eso guarda tres cuadros que cualquiera reconoce aunque no sepa de pintura: Nighthawks de Edward Hopper, American Gothic de Grant Wood y Un domingo en la Grande Jatte de Seurat. Está pegado al Millennium Park, entrás por Michigan Avenue y si vas con poco tiempo lo lógico es apuntar directo al segundo piso.
Hay dos miradores y no son lo mismo, así que elegí bien. El Skydeck de la Willis Tower está en el piso 103, a más de cuatrocientos metros, y su gracia son The Ledge: unos balcones de vidrio que sobresalen de la fachada y te dejan parado con la ciudad ciento tres pisos abajo entre tus zapatillas. El 360 Chicago, en el antiguo John Hancock, está en el piso 94 y tiene TILT, una plataforma que se inclina hacia afuera sobre la avenida. El Skydeck es más alto y tiene la vista del skyline completo; el 360 mira al lago y a la Magnificent Mile, y es el mejor al atardecer. Están las entradas al Skydeck de Chicago y la entrada al 360 Chicago.
El Museum Campus se hace en un día y es de lo mejor de la ciudad. Sobre una península ganada al lago están juntos el Field Museum de historia natural, donde vive Sue, el esqueleto de tiranosaurio más completo que se encontró nunca; el acuario Shedd, con belugas, pingüinos y un arrecife de coral enorme; y el Planetario Adler, que además tiene la mejor vista del skyline desde el agua y no se paga por mirarla. Elegí dos de los tres y no los tres, porque cada uno pide varias horas.
Y después está lo que se camina sin plan. El Navy Pier, un muelle de 1916 metido en el lago, con su rueda gigante y fuegos artificiales los miércoles y sábados de verano, es más turístico que otra cosa pero se disfruta de noche. El Riverwalk, la vereda al nivel del agua a lo largo del río, es el mejor lugar para una cerveza al atardecer. Y la playa urbana —North Avenue Beach, Oak Street Beach— es la sorpresa que nadie se espera: arena, gente en malla y rascacielos de fondo. Podés ver cómo se ve todo esto en las fotos de Chicago.
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