Chicago nació donde había que cruzar de una cuenca a la otra. El nombre viene de una palabra de la lengua de los pueblos originarios de la zona que designaba al ajo silvestre que crecía en esos pantanos. El primer poblador estable no fue un colono anglosajón sino Jean Baptiste Point du Sable, comerciante de origen haitiano que se instaló con su familia a fines del siglo XVIII. En 1803 el ejército levantó el Fort Dearborn y la ciudad se incorporó formalmente recién en 1837, con menos de cinco mil habitantes.
Lo que la hizo enorme fue el ferrocarril y la vaca. A mediados del siglo XIX, Chicago se convirtió en el punto donde se encontraban los granos y el ganado del oeste con las vías que iban al este, y ahí empezó una explosión demográfica sin comparación: pasó de pueblo a metrópolis en cuarenta años. Los Union Stock Yards llegaron a faenar millones de animales por año e inventaron la línea de desmontaje que después Henry Ford copió, al revés, para armar autos. La ciudad olía a eso y no lo disimulaba.
En 1871 se incendió y ese fue, paradójicamente, su punto de partida. El Gran Incendio de Chicago ardió durante dos días de octubre, arrasó el centro entero —construido casi todo en madera, incluidas las veredas— dejó cientos de muertos y a un tercio de la población sin casa. En vez de hundirse, la ciudad se reconstruyó a una velocidad asombrosa y aprovechó para hacerlo con otros materiales y otras ideas. Sin el incendio no habría existido la Chicago que hoy se visita.
De esa reconstrucción salió el rascacielos. En 1885 se levantó el Home Insurance Building, con un esqueleto de acero que cargaba el peso del edificio en lugar de los muros: es el que la mayoría de los historiadores señala como el primer rascacielos del mundo. Alrededor de esa idea se formó la Escuela de Chicago, con Louis Sullivan y Daniel Burnham a la cabeza, y de ahí en más la ciudad no paró de experimentar en altura. En 1900 hicieron algo todavía más audaz: invirtieron el curso del río con un sistema de canales para que dejara de volcar las aguas servidas dentro del lago del que la ciudad tomaba su agua potable.
Acá también pasó algo que a los argentinos nos toca de cerca. El 1 de mayo de 1886 arrancó en Chicago una huelga general por la jornada de ocho horas, y días después una bomba en la plaza Haymarket derivó en una represión, un juicio muy cuestionado y varios obreros ejecutados. De ese episodio nació el Día Internacional de los Trabajadores que se conmemora en medio mundo cada primero de mayo. La ciudad tardó un siglo en reconocerlo con un monumento propio, y hoy forma parte de cualquier recorrido histórico serio.
El siglo XX le dio a Chicago sus dos mitos más exportados. La Exposición Universal de 1893 montó junto al lago una ciudad blanca de yeso que deslumbró al mundo y de la que sobrevive el edificio que hoy aloja el Museo de Ciencia e Industria. Tres décadas después, la Ley Seca convirtió a la ciudad en el escenario de la mafia, con Al Capone como figura central, tiroteos entre bandas y bares clandestinos en los sótanos. Esa historia se recorre bien con el free tour de la mafia en Chicago, que separa lo real de lo que inventó el cine.
Y en el medio de todo eso llegó la música. Entre 1916 y 1970, la Gran Migración trajo a cientos de miles de afroamericanos desde el sur rural hacia las fábricas del norte, y con ellos vino el blues del delta del Mississippi. Enchufado a una guitarra eléctrica para hacerse oír en los bares ruidosos, se convirtió en el blues de Chicago, con Muddy Waters y Howlin' Wolf grabando en los estudios de Chess Records sobre South Michigan Avenue. De ahí salió media historia del rock. Y en los años ochenta, en las pistas de la ciudad, nació el house. El hilo completo, en la historia de Chicago.
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