Chicago tiene cuatro estaciones marcadas y ninguna es tibia. Es clima continental húmedo, con inviernos de verdad y veranos calurosos, y el lago Michigan mete su propia cuchara: modera un poco la temperatura junto a la costa, pero también genera viento, nubes bajas y nevadas locales. La diferencia entre enero y julio es tan grande que parecen dos ciudades distintas, con dos guardarropas distintos y hasta dos ritmos de vida distintos. El pronóstico actualizado lo tenés en el clima de Chicago.
El invierno es durísimo y hay que decirlo sin adornos. Entre diciembre y marzo las máximas rondan el cero grado y las mínimas suelen ubicarse varios grados bajo cero, con episodios en los que el termómetro se va bastante más abajo durante varios días seguidos. Nieva con regularidad, las veredas quedan con hielo y el sol se pone temprano. No es un invierno de tapado liviano: es un invierno de campera térmica, gorro, guantes, bufanda y botas con suela que agarre.
Y encima está el viento del lago, que es el verdadero problema. La sensación térmica baja muy por debajo de lo que marca el termómetro cuando el viento cruza el agua abierta y se mete entre los rascacielos, que funcionan como un embudo. Un día de cinco grados bajo cero con viento fuerte se siente como bastante menos, y caminar seis cuadras por Michigan Avenue en enero puede ser realmente doloroso. La ciudad lo compensa con el Pedway, una red de pasajes subterráneos que conecta buena parte del Loop sin salir a la superficie.
El verano es la mejor época y no hay mucha discusión. De junio a agosto las máximas se mueven en torno a los veintiocho o treinta grados, con humedad alta y alguna ola de calor puntual. Es cuando la ciudad se vuelve otra cosa: la gente vive afuera, las playas se llenan, los bares abren las terrazas, hay conciertos gratuitos en los parques y el calendario de festivales no para. Si podés elegir la fecha, elegí verano; si aguantás algo de calor pegajoso, julio y agosto son imbatibles.
La primavera y el otoño son cortos, lindos e impredecibles. Mayo y principios de junio traen días agradables y la ciudad florecida, aunque con lluvias frecuentes y saltos de temperatura de un día para el otro. Septiembre y la primera mitad de octubre son, para muchos, el momento ideal: calor suave, menos gente, hoteles más accesibles y el color del otoño en los parques. Noviembre ya empieza a mostrar los dientes del invierno. En ambas estaciones la regla es vestirse en capas y no confiarse del pronóstico de la mañana.
Lo del apodo de "ciudad del viento" merece una aclaración. Chicago es ventosa, sí, pero no es ni de lejos la ciudad más ventosa de Estados Unidos. El apodo de Windy City tiene otra historia: la versión más difundida dice que se lo pusieron por los políticos y promotores locales, famosos por hablar de más y prometer cualquier cosa, sobre todo en la disputa por quedarse con la exposición mundial de 1893. La sensación de viento que uno tiene caminando es real, pero se debe más a los rascacielos y al lago que a la estadística.
La recomendación práctica, si me preguntás cuándo ir. Primera opción, de junio a principios de septiembre, con la ciudad a pleno y todos los festivales andando. Segunda, mediados de septiembre a mediados de octubre, para tener buen clima con menos gente y mejores tarifas. Entre diciembre y marzo se puede ir igual y hasta tiene su encanto —los mercados navideños, los museos vacíos, la nieve sobre el lago— pero hay que ir sabiendo a qué se va, con la ropa correcta y con un plan bajo techo para los días bravos.
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