Washington tiene cuatro estaciones muy marcadas y ninguna es tibia. Está en la costa este, sobre un valle húmedo y a poca altura sobre el nivel del mar, así que el verano pega fuerte y el invierno también. Para el argentino el calendario está dado vuelta: cuando acá es verano, allá es pleno invierno, y cuando acá arrancan las clases, allá empieza la mejor época del año. Esa inversión juega a favor, porque los meses ideales para visitarla caen justo en el otoño argentino.
La primavera es la temporada estrella y dura poco. Entre fines de marzo y principios de abril florecen los cerezos del Tidal Basin, los tres mil y pico de árboles que Japón regaló en 1912, y la ciudad se llena de gente que viene solo por eso. Las temperaturas rondan los quince o veinte grados de máxima, es agradable de caminar y las fotos son las mejores del año. El problema es que la floración dura apenas una semana o diez días, la fecha exacta cambia todos los años según cómo venga el invierno, y recién se puede anticipar con precisión un par de semanas antes.
El verano es húmedo y pesado, y hay que decirlo sin adornos. Entre junio y agosto las máximas se van arriba de los treinta grados con una humedad que hace que se sientan bastante más, y a media tarde son frecuentes las tormentas eléctricas cortas y violentas. Caminar el National Mall al mediodía en julio es directamente una mala idea: no hay sombra, no hay dónde sentarse y el reflejo del mármol calienta más todavía. Si viajás en esos meses, el plan tiene que ser museos con aire acondicionado de once a cuatro y monumentos temprano o al atardecer.
El otoño es el secreto mejor guardado de la ciudad. Septiembre, octubre y la primera mitad de noviembre traen días de veinte grados, cielo limpio, humedad baja y los árboles cambiando de color en los parques y a lo largo del Potomac. Es la época en la que Washington se camina mejor, con menos gente que en primavera, hoteles más razonables y museos sin las colas de abril. Si el viaje se puede correr, correlo para acá: es la recomendación más útil de toda la ficha.
El invierno es frío de verdad, aunque no siempre nevado. De diciembre a febrero las máximas rondan los seis o siete grados y las mínimas bajan de cero con frecuencia, con viento que corre por la explanada sin nada que lo frene. Nieva algunos días al año, y cuando la nevada es grande la ciudad se paraliza más de lo que uno esperaría de una capital. La ventaja es que es la temporada más barata y la de museos vacíos, y con el Mall nevado las fotos de los monumentos son distintas a todas.
Qué llevar, según cuándo vayas. En primavera y otoño, capas: remera, algo de abrigo liviano y campera cortaviento, porque la amplitud entre la mañana y la tarde es grande. En verano, ropa fresca, gorra, protector y botella para rellenar, que hay bebederos en todo el Mall. En invierno, campera de abrigo real, guantes y gorro. Y en cualquier estación, calzado cómodo hecho: en Washington se caminan diez o quince kilómetros por día sin darte cuenta, y las veredas son de piedra y cemento.
Resumiendo para decidir la fecha: la mejor relación entre clima y precio es de mediados de septiembre a fines de octubre; la más linda y la más cara es la primavera de los cerezos; la más barata y la más incómoda es enero y febrero; y julio y agosto son para quien no tiene otra opción por el calendario escolar. Si viajás con la floración o con el 4 de julio, reservá con muchos meses de anticipación, porque son las dos fechas que revientan la ciudad. Lo que cae en cada mes está en eventos en Washington DC.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"