Washington está metida en el corredor más denso de Estados Unidos, así que tiene escapadas para todos los gustos y a todas las distancias: hay cosas a diez minutos de metro y otras a tres horas de tren. Si te queda un día suelto, sobra con lo que hay del otro lado del río; si te quedan tres, se puede armar un circuito por la costa este. Un tour privado por Washington también permite estirar el recorrido más allá del centro y sumar alguno de estos puntos en el mismo día.
Arlington es lo más cerca y lo más impresionante. Está cruzando el Potomac, con estación de metro propia, y su cementerio nacional ocupa una colina enorme con más de cuatrocientas mil tumbas alineadas. Lo que hay que ver es el cambio de guardia en la Tumba del Soldado Desconocido, que se hace cada media hora en los meses cálidos y cada hora el resto del año, los 365 días, con lluvia o con nieve. Están también la tumba de John F. Kennedy con la llama eterna y la Casa Arlington arriba de todo, con la mejor vista panorámica de la capital. El tour por el cementerio de Arlington ayuda a entender qué se está viendo, que es la mitad del asunto.
Alexandria es la escapada más agradable y la más fácil. Está a media hora de metro hacia el sur, sobre el río, y su casco antiguo, Old Town, es un pueblo colonial de calles adoquinadas, casas de ladrillo del siglo XVIII y un muelle con veleros. La calle King baja desde la estación hasta el agua llena de restaurantes, librerías y anticuarios, y hay un tranvía gratuito que la recorre entera. Es el mejor plan para una tarde en la que ya no querés ver un museo más, y de noche tiene mejor ambiente que buena parte del centro de Washington.
Mount Vernon es la casa de George Washington y merece medio día. Queda unos veinticinco kilómetros al sur, sobre una loma con vista al Potomac, y es una plantación restaurada con la casa original, los jardines, los establos y el memorial a las personas esclavizadas que trabajaban ahí, que el propio sitio explica sin esquivar el tema. No llega el metro: se va en auto, en excursión organizada, en bicicleta por el sendero que bordea el río, o combinando metro y colectivo desde la estación de Huntington. Es de los pocos lugares de la zona que cobra entrada, y abre todos los días del año.
Baltimore y Annapolis son las dos escapadas de Maryland. Baltimore está a unos sesenta y cinco kilómetros al noreste, se llega en tren en poco menos de una hora, y tiene el puerto interior con su acuario, el barrio de Fells Point y una escena de bares y música bastante más cruda que la de la capital. Annapolis, a unos cincuenta kilómetros al este, es la capital del estado y la sede de la Academia Naval: un pueblo náutico chiquito y precioso sobre la bahía de Chesapeake, con veleros por todos lados, aunque hasta ahí hay que ir en auto o en colectivo porque no llega el tren.
Filadelfia entra en un día largo y vale mucho la pena. Está a unas dos horas de tren, y ahí están la Campana de la Libertad y el Independence Hall, donde se firmaron la Declaración de Independencia y la Constitución. Es el complemento histórico perfecto de Washington: acá se ven los edificios donde se gobierna, allá los edificios donde se decidió fundar el país. Sumale el mercado de Reading Terminal para almorzar y las escalinatas del museo de arte para la foto, y el día cierra redondo sin necesidad de dormir allá.
Y Nueva York, que es el motivo por el que muchos llegan hasta acá. Está a poco más de tres horas de tren, con salidas cada media hora durante todo el día, así que las dos ciudades se combinan sin esfuerzo en un mismo viaje. Lo que conviene decidir es el orden: empezar por Nueva York y terminar en Washington deja el cierre más tranquilo y más barato, y evita el choque de llegar a la ciudad grande justo cuando ya venís cansado. Para armar los días de acá, mirá qué hacer en Washington DC.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"