Washington DC es la continuación natural de cualquier viaje a Nueva York y, al mismo tiempo, su opuesto exacto. Está a poco más de tres horas en tren desde Manhattan, así que sumarla a un itinerario ya armado casi no cuesta logística, pero lo que aparece del otro lado no se parece en nada a lo que dejaste atrás: en lugar de rascacielos y bocinas hay avenidas anchas, césped, mármol blanco y una escala baja que se camina mirando alrededor en vez de mirando para arriba. Es la ciudad que Estados Unidos construyó para mostrarse a sí mismo.
El argumento que convence a cualquiera es que casi todos los museos son gratis. El complejo Smithsonian reúne alrededor de veinte museos más el zoológico nacional, están entre los mejores del mundo y ninguno cobra entrada, ni en temporada alta ni los fines de semana. Para una familia que viene de pagar cada museo de Nueva York por separado, la diferencia en el presupuesto diario es enorme, y permite armar días enteros sin gastar un peso en atracciones. Todo lo que entra en esa lista está en qué hacer en Washington DC.
El eje de la ciudad es el National Mall. Es una explanada de césped de unos tres kilómetros y medio con el Capitolio en una punta y el Lincoln Memorial en la otra, el Monumento a Washington plantado en el medio y los grandes museos alineados a los costados. Casi todo lo importante está sobre esa franja o a pocas cuadras. La trampa es que en el mapa parece corto y en las piernas no lo es: recorrerlo entero entrando a dos o tres museos son quince mil pasos casi sin sombra, así que conviene partirlo en dos días.
Es una ciudad baja, verde y ordenada, algo rarísimo en Estados Unidos. Una ley de 1910 limita la altura de los edificios, así que ninguna torre tapa la vista y el obelisco de 169 metros del Monumento a Washington sigue siendo lo más alto del paisaje. El resultado son barrios de casas de ladrillo de tres pisos, parques grandes de verdad, el río Potomac al costado y una sensación de capital europea que no tiene ninguna otra ciudad del país.
De noche se transforma, y es cuando mejor se ve. Los memoriales están abiertos las veinticuatro horas, no cierran ni cobran nada, e iluminados son otra cosa: el Lincoln con la estatua encendida al fondo de la columnata, el muro negro de Vietnam, las figuras fantasmales del memorial de Corea, el agua corriendo en el de Roosevelt y el bloque de piedra de Martin Luther King mirando al río. Un tour nocturno por el National Mall los une en un recorrido que a pie llevaría varias horas.
Antes de entusiasmarse conviene resolver el trámite, porque define el viaje. El argentino necesita visa de turista B1/B2 para entrar a Estados Unidos: hay que completar el formulario, pagar el arancel consular, sacar turno y presentarse a una entrevista personal en la embajada. La demora para conseguir ese turno se mide en meses, no en semanas. Argentina no está en el programa de exención de visas, así que el ESTA, ese permiso rápido que se saca online en minutos, no sirve para nada acá.
La mejor época es también la más cara y la más llena. Los cerezos en flor de fines de marzo y principios de abril son el momento más lindo del año y el que desborda la ciudad entera: hoteles por las nubes, museos con colas y una fecha exacta de floración que cambia todos los años. El verano es húmedo y pesado de verdad, y el otoño es el secreto mejor guardado. Los detalles están en el clima de Washington DC, y para ordenar el primer día el free tour por Washington es la forma más barata de entender cómo está armada.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"