Samaná es adonde va el que ya fue a Punta Cana y quiere exactamente lo contrario. En vez de una fila de resorts todo incluido pegados a una playa plana, hay una península verde y montañosa en el noreste de República Dominicana, con caminos que suben y bajan entre cocoteros, playas que terminan contra un acantilado y no contra un muro de hoteles, y un pueblo de pescadores que sigue funcionando como pueblo de pescadores.
La península mide alrededor de cincuenta kilómetros de largo y se recorre entera en un par de días. Por el medio le pasa una cordillera baja pero empinada, cubierta de palmeras, que separa dos costas distintas: la del norte mira al Atlántico abierto y tiene las playas más largas y con más oleaje, y la del sur da a la bahía de Samaná, un brazo de mar protegido y manso. Ese relieve explica por qué los caminos son sinuosos y por qué cada playa se siente aislada de la anterior.
El pueblo cabecera se llama Santa Bárbara de Samaná y conviene entenderlo antes de llegar. No es una postal colonial ni un centro peatonal: es una ciudad chica de trabajo, con un malecón donde amarran las lanchas, un mercado y una hilera de comedores frente al agua. Lo mejor que tiene es el puente peatonal que sale de la costanera y salta sobre el mar hasta dos islotes cubiertos de vegetación, el mejor lugar del pueblo para ver caer el sol.
El eje número uno, el que ordena la temporada entera, es el avistaje de ballenas jorobadas. Entre mediados de enero y mediados de marzo, miles de ballenas jorobadas del Atlántico Norte bajan a la bahía de Samaná a aparearse y a parir, y arman uno de los espectáculos de fauna marina más confiables del planeta. En esas semanas el pueblo cambia de ritmo y hay que reservar con anticipación. Fuera de esa ventana Samaná sigue siendo hermosa, pero ballenas no vas a ver ninguna.
Lo que queda cuando no hay ballenas es agua dulce, agua salada y monte. La cascada del Limón, a la que se sube a caballo o caminando entre barro; playa Rincón, que aparece en todas las listas de mejores playas del Caribe y sigue sin un hotel encima; Las Galeras, un caserío al final del camino; Las Terrenas, con su ambiente europeo y su vida nocturna; Cayo Levantado en el medio de la bahía; y Los Haitises, con sus mogotes clavados en el agua y sus cuevas taínas.
Ahora la parte honesta: Samaná es más cara y está peor servida que Punta Cana. Hay menos vuelos, menos hoteles grandes, menos competencia y más distancias por caminos angostos, y todo eso se paga. Las excursiones se contratan casi siempre con intermediarios y las playas más lindas exigen lancha o vehículo alto. Si viajás buscando la noche más barata del Caribe, este no es tu destino; si viajás buscando paisaje y que no te rodeen mil personas con pulserita, sí lo es.
El perfil de viajero que la pasa bien acá es bastante claro. Le gusta moverse en excursión o manejar, tolera un día de barro a cambio de una cascada vacía, prefiere un almuerzo de pescado con coco en mesa de plástico antes que un buffet, y le interesa la naturaleza más que el shopping. Con chicos chicos se puede igual, pero hay que elegir mejor las salidas. Para armar el orden de los días mirá antes qué hacer en Samaná.
IMPORTANTE: las compras realizadas con tarjetas de crédito argentinas, se pagan en pesos argentinos a la cotización del "dólar tarjeta / turista"