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Samaná

Samaná - República Dominicana

Donde comer en Samaná

El plato que define a Samaná es el pescado con coco y es el primero que tenés que pedir. Es pescado fresco, generalmente entero o en filete, cocinado en una salsa de leche de coco con tomate, cebolla y ají que sale dulce y salada al mismo tiempo, muy distinta de cualquier cosa que hayas comido en Punta Cana. Se sirve con tostones, con arroz o con casabe, y en los comedores del malecón y de las playas lo hacen mejor que en muchos restaurantes con mantel.

La comida dominicana de todos los días se llama la bandera y es lo que come el país al mediodía. Arroz blanco, habichuelas guisadas y una carne, casi siempre pollo guisado, res o chivo, más ensalada y algún frito. Es abundante, barata en comparación con lo turístico y está buena de verdad. El desayuno local es el mangú, un puré de plátano verde con cebolla encurtida que se acompaña con huevo, queso frito y salami, una bomba que te deja andando hasta la tarde.

Los fritos son la religión nacional y hay que aprender los nombres. Tostones son plátano verde aplastado y frito; yaniqueques, unas tortas fritas finas que venden en la arena; empanadas de yuca o de harina rellenas; y chicharrón de cerdo o de pollo en porciones que alcanzan para dos. Todo eso se come parado, con la mano, en un puesto al costado del camino, y suele ser lo mejor y lo más barato del día si elegís un lugar con gente y con rotación.

Las Terrenas es la excepción europea y ahí cambia el nivel de la cocina. Décadas de residentes franceses e italianos dejaron panaderías con pan de verdad, pizzerías a leña, pastas frescas y restaurantes de pescado con técnica europea aplicada a producto caribeño. La franja frente al mar concentra la mayoría, con mesas sobre la arena y música a la noche. Es la zona más cara para comer de toda la península y también la única donde vas a encontrar cocina internacional consistente.

En el pueblo de Samaná y en Las Galeras se come más simple y más honesto. El malecón de Santa Bárbara tiene una hilera de comedores con la carta escrita en un pizarrón y el pescado del día expuesto, y las mesas más buscadas son las que dan al agua. En Las Galeras hay pocos lugares, casi todos chicos y familiares, y a partir de cierta hora empiezan a cerrar. Reservar no hace falta en general, salvo en plena temporada de ballenas, cuando el pueblo se llena de golpe.

Con las bebidas, tres cosas que vale la pena probar y una advertencia. Los jugos naturales de chinola, lechosa o zapote son excelentes y se piden con poca azúcar si no querés un almíbar. La cerveza local se toma helada al punto de tener escarcha, y el ron dominicano es de los mejores del mundo. La mamajuana, esa mezcla de ron, miel y raíces, es un clásico de souvenir más que una gran bebida. El café es fuerte, corto y muy bueno.

Un par de reglas prácticas para no pagar de más ni comer mal. Preguntá el precio del pescado antes de que lo cocinen, porque muchas veces se cobra por peso y la cuenta puede sorprenderte. Mirá si la cuenta ya trae impuestos y cargo por servicio incluidos, que suele ser el caso. Y desconfiá del restaurante vacío frente a la playa más turística a las tres de la tarde. El listado completo está en restaurantes en Samaná.



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