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Samaná - República Dominicana

Historia de Samaná

La historia de Samaná arranca con un choque, y no con un encuentro amable. En enero de 1493, en el tramo final de su primer viaje, Colón entró en esta bahía y se topó con los ciguayos, un pueblo que lo recibió con arcos y flechas. El enfrentamiento fue breve pero quedó registrado como uno de los primeros combates entre europeos y habitantes originarios en América, y por eso el lugar se llamó bahía de las Flechas. De aquellos pobladores quedan sobre todo las pinturas y grabados en las cuevas de Los Haitises.

Durante casi dos siglos y medio la península quedó al margen y eso la volvió refugio. Los españoles concentraron su esfuerzo en el sur y en el oro, y esta costa lejana, montañosa y con una bahía enorme y protegida se transformó en escala de contrabandistas, corsarios y piratas de varias banderas, además de zona de disputa con los franceses. La leyenda de tesoros escondidos en los cayos viene de esa época, y explica por qué la corona terminó decidiendo poblarla en serio.

El pueblo se fundó a mediados del siglo dieciocho con familias traídas de Canarias. La corona española quiso asegurar la bahía frente a la presión francesa y estableció ahí a colonos canarios, y de esa fundación viene el nombre de Santa Bárbara de Samaná. Fue un asentamiento pobre y aislado durante décadas, sostenido por la pesca, el coco y la madera, con una vida propia bastante desconectada de Santo Domingo, algo que en buena medida se siente todavía hoy.

El capítulo que le dio a Samaná su identidad más particular llegó en la década de 1820. Durante la ocupación haitiana de la isla, el gobierno de Boyer invitó a instalarse a cientos de afroamericanos libres provenientes de Estados Unidos, que se establecieron en la península con su religión protestante, su idioma inglés y sus costumbres. Sus descendientes conservaron durante generaciones un inglés propio, los cantos de iglesia y apellidos que suenan ajenos al resto del país, y la iglesia de esa comunidad sigue siendo un símbolo local.

Durante todo el siglo diecinueve la bahía fue objeto de deseo de las potencias. Su tamaño, su profundidad y su abrigo natural la volvían una base naval ideal en pleno Caribe, y hubo intentos de arriendo, de compra y hasta de anexión impulsados desde Estados Unidos y desde Europa, negociados por gobiernos dominicanos necesitados de dinero. Ninguno prosperó, pero esa historia de casi vender la península es parte del relato local y explica el orgullo con que se cuenta que Samaná siguió siendo dominicana.

El siglo veinte le trajo dos golpes y una transformación. En 1946 un terremoto muy fuerte con tsunami castigó esta costa noreste y dejó marca en la memoria de la zona. Décadas después, en los años setenta, un plan estatal de desarrollo turístico rehízo el pueblo de Santa Bárbara casi por completo, demoliendo buena parte del casco viejo y construyendo el malecón, los edificios nuevos y el puente peatonal hacia los islotes que hoy es la postal más conocida.

Lo que hizo a la Samaná actual es más reciente de lo que parece. El avistaje organizado de ballenas empezó recién a mediados de los años ochenta, con las primeras salidas guiadas y las primeras normas de protección, y de ahí en más creció hasta ser el motor económico del verano local. En la década de 2000 llegaron el aeropuerto de El Catey y la autopista que la conecta con Santo Domingo, y la península dejó de estar lejos. Más contexto en la historia de Samaná.


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