La ciudad se fundó en 1718 y el lugar se eligió por una razón puramente logística, no por lo lindo del paisaje. Jean-Baptiste Le Moyne de Bienville buscaba un punto donde el Misisipi quedara cerca de una vía de agua que llegara al lago Pontchartrain, para no depender de la boca del río, y encontró ese atajo que los pueblos originarios ya usaban. La bautizó La Nouvelle-Orléans en honor a Felipe de Orleans, regente de Francia. En 1721 el ingeniero Adrien de Pauger trazó la cuadrícula que hoy es, tal cual, el Barrio Francés.
La etapa española duró cuarenta años y es la que más marcó el aspecto de la ciudad, aunque nadie lo diga. Francia le cedió Luisiana a España en 1762, en plena Guerra de los Siete Años, y el traspaso terminó de imponerse por la fuerza en 1769. Después vinieron los dos incendios enormes de 1788 y 1794, que arrasaron el casco colonial de madera. La reconstrucción se hizo con ordenanzas españolas: ladrillo, tejas, patios interiores y balcones de hierro forjado. Es decir que el barrio que todo el mundo llama francés es, arquitectónicamente, español.
En esos mismos años llegaron dos poblaciones que definieron la identidad cultural del sur de Luisiana. Por un lado, los acadianos expulsados por los británicos de la actual Nueva Escocia, que empezaron a instalarse desde 1765 en los pantanos y praderas del oeste y de cuyo nombre salió la palabra cajún. Por el otro, miles de refugiados de la revolución de Haití, entre ellos personas libres de color, que llegaron a principios del siglo diecinueve y trajeron el vudú, la cocina y buena parte de la música. Los dos aportes siguen vivos hoy.
En 1803 Napoleón vendió todo el territorio y la ciudad cambió de país por tercera vez en cuarenta años. La compra de Luisiana le costó a Estados Unidos quince millones de dólares por más de dos millones de kilómetros cuadrados, y duplicó de un plumazo el tamaño del país. Luisiana se convirtió en estado en 1812. Tres años después, en enero de 1815, Andrew Jackson derrotó a los británicos en Chalmette, a las puertas de la ciudad, en una batalla que se peleó sin que ninguno de los dos bandos supiera que el tratado de paz ya estaba firmado.
El siglo diecinueve fue el de la riqueza y también el del capítulo más oscuro de la ciudad. Con el vapor de rueda y el algodón, el puerto se volvió uno de los más activos del mundo, y a mediados de siglo Nueva Orleans era de las ciudades más ricas de Estados Unidos. Esa prosperidad se sostenía sobre el trabajo esclavizado y sobre el mercado de personas más grande del país, que funcionaba a pocas cuadras del Barrio Francés. En 1862 la ciudad cayó en manos de la Unión y quedó ocupada hasta el final de la Guerra Civil.
De acá salió también el fallo judicial que legalizó la segregación en todo Estados Unidos durante seis décadas. En 1892, Homer Plessy, un zapatero criollo de piel clara, se sentó a propósito en un vagón reservado para blancos para forzar un juicio; el caso llegó a la Corte Suprema y en 1896 se resolvió con la doctrina de separados pero iguales. Casi al mismo tiempo, en el distrito de Storyville, tolerado entre 1897 y 1917, los pianistas y las bandas de bronces terminaban de darle forma a una música nueva. Louis Armstrong nació en esta ciudad en 1901.
El siglo veinte trajo la expansión hacia el pantano y, con ella, la vulnerabilidad que estalló en 2005. Las bombas diseñadas por el ingeniero local Baldwin Wood permitieron drenar las tierras bajas y construir barrios enteros por debajo del nivel del mar. El 29 de agosto de 2005 el huracán Katrina hizo fallar los diques y alrededor del ochenta por ciento de la ciudad quedó bajo el agua; la población cayó de manera brutal y tardó quince años en recuperarse parcialmente. En 2018 se celebraron los trescientos años. Ampliá en la historia de Nueva Orleans.
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